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El arte corporal de la Polinesia

por / Comentarios desactivados / 2 Vistas / 26 mayo, 2016

Hacerse un tatuaje es una práctica cada vez más extendida entre la población actual. Los prejuicios han ido desapareciendo a medida que la sociedad ha ido evolucionando. Vemos a jóvenes de todas las edades que deciden marcar su piel por un significado especial o, simplemente, por pura estética. No obstante, muchos ignoran que el arte en la piel data de épocas muy antiguas, en las que realizarse dibujos en el cuerpo guardaba una gran relación con los dioses.
Hablamos de la cultura desarrollada en la Polinesia, con una historia que se constituye como una de las más recientes. Desde el punto de vista geográfico, este grupo de cerca de mil islas situado en Oceanía, entre las que destacan Nueva Zelanda, Samoa o Tahití, se corresponde con el punto de partida del tatuaje tradicional, que no debemos confundir con el tatuaje “old school”, cuya procedencia la encontramos en los Estados Unidos hacia la década de los 50. Remontándonos hacia finales del siglo XVI aparecen, por primera vez, evidencias de esta práctica. Sin embargo, no es hasta 200 años después cuando el capitán James Cook, navegante, explorador y cartógrafo inglés, comienza a difundir por el mundo las costumbres sorprendentes de estas tribus. Entonces, a la vuelta, se produce el hecho anecdótico protagonizado por Ma´i, a quien los ingleses llamaban erróneamente Omai, y que fue el primer tahitiano tatuado en viajar a Europa, causando rápidamente sensación por su piel repleta de tatuajes.
“La cultura polinesia se encuentra muy arraigada al sentir de los Dioses“
Antes de la llegada de los europeos, los polinesios empleaban una sola forma de comunicación, la oral. Por lo que los diseños geométricos en la piel de sus habitantes representaban su identidad y personalidad. Reflejaban la madurez sexual del individuo, así como su procedencia. A partir de la pubertad, esto es, a los 12 años, comenzaban a tatuarse, de manera que aquel que no presentara ninguna marca en su cuerpo era rechazado por el resto. Con la llegada de los europeos, esta tradición tribal se vio interrumpida, poniéndose en peligro sobre todo por la costumbre del hombre nuevo a llevarse a su país de origen las cabezas tatuadas de los locales como recuerdo.
Significado especial, sí, pero doloroso
“¿Cómo definirías la experiencia?”- pregunto. “Terriblemente dolorosa”, responde. Es Jesús Castañón, estudiante de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, que pasó seis meses de Erasmus en prácticas en Nueva Caledonia. Allí decidió tener un recuerdo de por vida de su paso por ese paraíso exótico; qué mejor modo, pues, que con una de las prácticas que identifican a esta sociedad.
Hagamos un ejercicio mental durante unos minutos. Imaginémonos acostados en una camilla. Pero no una camilla cómoda y acolchada, como a las que estamos acostumbrados. Una realizada por la unión de filamentos de madera, rudimentaria, dura y ni siquiera con reposacabezas. Eso nos cuenta Jesús: “En cuanto me acosté en aquel sitio, sentí que iba a ser un momento duro. Y eso que ya me habían concienciado del dolor que iba a pasar. Además, en este momento sentí, por primera vez, las diferencias culturales y sociales”. Dice esto porque cuenta con tatuajes anteriores realizados en España.
Volvamos a nuestro ejercicio: pensemos en las herramientas utilizadas hoy en día para tatuar. Para quien no las conozca, se trata de simples “pistolas” (así se llaman en la jerga) conectadas a una fuente de alimentación controlada por el profesional, y en cuyo interior se coloca una aguja de distinto tamaño y grosor, en función de lo que se pretenda dibujar o pintar. Pues bien, cambiemos esto por un mango de madera con un peine con dientes de hueso o escamas de tortuga en un extremo. Estos dientes se mojan con la tinta, que es de distinto tipo dependiendo de la parte del cuerpo a tatuar; por ejemplo, no se usa la misma si se tatúa la cadera o la cara. Dichos dientes con tinta son colocados sobre la piel, mientras el tatuador golpea el otro extremo con una vara de madera provocando la incisión de los dientes en la piel y la penetración de la tinta. No suena muy apetecible, ¿no creen? Así es más comprensible esa frase que dice “pagar para que te hagan sufrir”. En este caso, no cabría ninguna duda. Hay que destacar que, tal y como afirma Tricia Allen, especialista en la cultura polinesia, en un blog relacionado el asunto en cuestión, el origen de la palabra tatuaje es “tatau”, onomatopeya de este golpeo rítmico.
“Hablamos de tatuajes con una simbología implícita fundamental, que va más allá de lo visual´´
Daniel Ovejo, licenciado en Bellas Artes y propietario del estudio Ritual Tattoo, situado en la capital grancanaria, se aventura a decir que se trata de “una práctica insufrible, no solo para el cliente, también para el profesional que lo realiza”. De igual forma, habla de la repercusión cultural que este tipo de obras conlleva. “Hablamos de tatuajes con una simbología implícita fundamental, que va más allá de lo visual”. Está claro que al mundo occidental todo esto le suena un poco exagerado; muchos pensarán: “¡Por el amor de Dios!, no es más que un tatuaje”. Nada más lejos de la realidad. La realización de un tatuaje de este tipo no puede ser llevado a cabo por cualquiera. En este sentido, Ovejo destaca:  “Yo no me responsabilizaría de una obra como esta si supiera la técnica”. Sin duda, cualquier amante de la cultura polinesia que resida, por ejemplo, en España,  podrá marcar su piel con un tatuaje de este estilo. Pues existen numerosos estudios que cuentan con personal conocedores de la historia que tiene el pueblo polinesio. No obstante, Jesús Castañón aconseja a estos individuos “que viajen a la Polinesia, que se impregnen de esa cultura y, entonces, se decidan o no por hacerse una pieza así”.
Una práctica impensable en la actualidad
No cabe ninguna duda de que estamos ante una actividad con muchos riesgos a nivel sanitario para el individuo. Subyace de unas costumbres, una cultura dentro de la cual sí que tiene cabida. No obstante, si nos alejamos del territorio polinesio, sería complicado, por no decir imposible, encontrar a un artista capaz de realizar una técnica de tatuaje como ésta. No por desconocimiento, sino por la obligación sanitaria a la que su profesión está sujeta. Castañón lo tiene claro: “De ninguna manera sería posible ver esto en nuestra sociedad; ningún profesional se atrevería a hacerlo”. No es de extrañar, pues conociendo las modernas herramientas que se emplean hoy en día, junto con el desconocimiento de la población, en la mayoría de los casos, nadie tendría interés en un acto de tan alto nivel de dolor.
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Por si esto fuera poco, las normas que rigen la sanidad de nuestra sociedad no permitirían, bajo ningún concepto, el desarrollo de esta actividad profesional. Y es que los riesgos de infecciones o heridas incurables por sí solas, esto es, que no precisen de puntos de sutura, son elevados. Hay que tener en cuenta que un tatuaje realizado con esta técnica, una vez acabado, quedará en relieve para siempre; no ocurre como uno actual que, al cabo de un tiempo, termina adoptando la forma natural de la piel. Destaca Daniel Ovejo: “Este tipo de tatuajes someten a la piel a un nivel de estrés y dolor que hacen que la cicatrización no siga el proceso normal”.
´´Es comprensible que en nuestra sociedad no se permita por cuestiones sanitarias´´
A pesar de esto, ” no debemos entenderlo como una locura; es una forma de tatuar válida como otra cualquiera, solo que no adaptada a los tiempos que corren”, aclara Ovejo. Es así, no ha lugar a una alarma por el riesgo de infecciones. “Entiendo al 100% que en nuestra cultura no se permita”, asegura, aunque continúa explicando que “es una verdadera pena que la gente canaria o europea no sea capaz de comprender la unión entre el tatuaje y su significado espiritual”.
Presencia en Canarias
En Canarias existen dos estudios especializados en el tatuaje polinesio. Son el Mo´o Tatau, en Santa Cruz de Tenerife, y el Maohi Tattoo, en Las Palmas de Gran Canaria. El segundo está dirigido por René Vaiaanui, artista corporal que vivió durante algunos años en la polinesia francesa, concretamente, en las islas Marquesas. A pesar de no realizar este tipo de técnica en su estudio del barrio de Guanarteme, “Sanidad nos cerraría de inmediato”.  Vaiaanui sí que ha tenido oportunidad de experimentarla, tanto en su propia piel, como a la hora de realizarlo en uno de sus viajes a Oceanía. “Como cliente es una auténtica tortura corporal, pero a nivel espiritual se amortiza mucho más que cualquier tatuaje normal”, afirma, coincidiendo con la versión de Jesús Castañón. “Ahora bien, realizarlo es una de las mejores experiencias que he tenido en el mundo del tatuaje. Es muy duro físicamente también para el que tatúa, pero pensar en la historia que conlleva esta técnica es algo brutal”. Sin duda, este artista vuelve a apelar al sentimiento espiritual que los aborígenes polinesios reflejaban en todas sus obras realizadas en piel. Una creencia, una disposición hacia los dioses que pasa el límite de lo superficial –como muchos consideran el arte corporal- a lo más profundo y sentimental.
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