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Locos por la música

por / Comentarios desactivados / 2 Vistas / 4 abril, 2016

Repiten los más fanáticos aquello de “solo entiende mi locura quien comparte mi pasión”. Razón no les falta, y, aunque existen infinitos ejemplos de ello, tenemos uno en Canarias que le viene al tópico como anillo al dedo. Hablamos, como no puede ser de otra manera, de los murgueros. Esos fanáticos del carnaval que año tras año se desviven por subirse a un escenario para, a ritmo de percusión y viento, y ataviados con disfraces de todo tipo, contagiar al público de la magia del carnaval. Meses y meses de trabajo, ensayos, nervios, complicaciones, compañerismo  y esfuerzo. Actuaciones de unos minutos que suponen el trabajo de casi un año.

Siempre con mucho humor, siempre comprometidos con los intereses sociales y denunciando las injusticias. Siempre divirtiendo y siempre divirtiéndose. Nunca antes se tornó el malestar de unos pocos en la sonrisa  de la mayoría.

Sin embargo, y en ocasiones, tenemos las cosas tan cerca que no podemos verlas bien. Es lo que pasa con las murgas, un espectáculo tan arraigado en la cultura isleña que su verdadero significado se pierde en ocasiones para la vista y el oído de quienes se quedan en lo superfluo del espectáculo. En la puesta en escena, lo colorido de la decoración o lo imaginativo de los disfraces. La pasión murguera va mucho más allá. Es más compleja, más profunda. Tanto que solo quienes son realmente partícipes de ella saben en lo que consiste.

Sergio González tiene 23 años y lleva cinco en la murga Los Cascarrabias, naturales del Puerto de la Cruz y que cuentan con más de 30 años de historia. El joven explica que se animó a participar porque se crió en un “ambiente murguero”. En su opinión, esta afición se transmite “de padres a hijos” y el compromiso es fundamental en ella. “Cuando decides entrar en una murga es por su filosofía, teniendo en cuenta la interpretación de sus temas, estilos que se diferencian, a grandes rasgos, entre la crítica y el humor”, apunta.

Es más, la manera en la que entiende esa comunión entre agrupaciones e integrantes va mucho más allá. “Aunque dejes tu murga por motivos ajenos a tu voluntad, y te apuntes a otra, siempre llevarás contigo de dónde vienes”, asegura. No obstante, no hay que olvidar que, al fin y al cabo, se trata de pasarlo bien. Tal y como comenta Sergio, de “desconectar y soltar adrenalina”.

“Mi parte favorita es toda”, afirma a continuación. Reconoce, eso sí, que si se tuviese que quedar con una sería con “ese cosquilleo en la barriga” antes de subir al escenario. Su romance con esta actividad queda de manifiesto enseguida y, por lo que parece, va para largo. “El espíritu murguero nunca se pierde”, sentencia.

“El espíritu murguero nunca se pierde”. Sergio González

Ruymán García tiene 33 años y ha estado ligado a Los Cascarrabias los últimos cinco. Los cuatro primeros como un integrante más, y este último colaborando porque su situación laboral se lo ha impedido. Ruymán es, desde las pasadas elecciones municipales, concejal de fiestas del Ayuntamiento del Puerto de la Cruz. La incompatibilidad del cargo que ocupa con el hobby que le apasiona le ha hecho verse obligado a dejar la primera línea de la murga.

Aun así, sigue asistiendo a los ensayos y ayudando en todo lo que puede sin tener ninguna duda al respecto. “Debes ser fiel a tus principios; la parte fundamental de esta cuestión es saber realmente qué es lo que quieres, dónde quieres estar y con quiénes. Es muy importante tener en cuenta las relaciones de amistad que surgen en el colectivo”, aclara convencido. Asegura que, lo que vives en carnaval, recompensa todo el sacrificio. “Murguero se nace”, puntualiza.

“Murguero se nace”. Ruymán García.

Siempre es difícil plasmar en palabras, ya sean muchas o pocas, sensaciones como las que intenan describir nuestros protagonistas. Es lo que pasa con estas cosas, cada uno las vive, las comprende o siente a su manera.

Lo que sí se puede afirmar con certeza es que la tradición goza de una fabulosa salud. Han pasado casi cien años desde que, allá por 1917, desembarcase en el muelle de Santa Cruz de Tenerife la marinería del “Laya”. Un navío cuya tripulación, que era en su mayoría de origen gaditano, participó en el carnaval de la capital formando una chirigota. Los santacruceros quedaron prendados. Tanto fue así, que serían aquellos marineros los que acabaron creando e integrando la primera murga de Canarias.

Desde entonces, han permanecido activas, incluso durante la dictadura, y han ido evolucionando y adaptándose conforme pasaban los años. Algo tendrán. Rarezas como esta solo son posibles cuando existen verdaderos enamorados de lo que hacen. Están locos.

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